Ensayos, clases, estilo, técnica, precisión, vocación… Todo ello fundamenta la danza clásica, son los cimientos sobre los que se construyen esas esculturas en movimiento. Pero no lo son todo. En una representación, tan necesario es dominar las piezas que se interpretan como contar con un vestuario y atrezzo adecuados para la ocasión.
En lo que respecta al vestuario, las bailarinas cuentan con los conocidos tutús, aunque no hay que olvidar al no tan conocido maillot, a los corsés, las zapatillas de media punta y las tan dolorosas pero impresionantes puntas. Pero en esta ocasión nos vamos a centrar en los tutús.
El 18 de marzo de 1832, con la creación de “La Sylphide”, se dio el nacimiento del ballet romántico, donde se daba una mezcla de realismo y maravilla. Para plasmar ese personaje inmaterial, Marie Taglioni portaba un traje novedoso: una túnica a media pierna ligeramente abultada, la primera versión del tutú largo, que será omnipresente hasta la llegada del tutú corto, más tarde en ese mismo siglo.

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El traje de las bailarinas había surgido hacia 1820, y su definición era simple: una falda más o menos larga fijada sobre un corsé muy ajustado. Se trata de la adaptación de un vestido de baile muy de moda.
Numerosos cuadros muestran que, hasta mediados del siglo XX, para las clases y los ensayos, los alumnos y bailarines llevaban una especie de cuerpo-camisa muy complicado de fabricar. Era un tutú de trabajo compuesto por dos volantes de tarlatana superpuestos, y eran ellos mismos lo encargados de fabricarlos. Hoy en día, las bailarinas llevan a menudo una especie de falda-tutú para los ensayos.

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A finales del siglo XIX, la técnica de las piernas se desarrolla y se vuelve espectacular, por lo que el tutú del ballet romántico se acorta para liberar el movimiento y permitir la ejecución de las piruetas, grand jetés y fouettés. Por este motivo, se compone de platos de tul, pero distintos en cada país: en Francia prefieren el “tutú en cerclette”, y en Inglaterra el “tutú gallete”.

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En el siglo XX, el tutú se emancipa, y se enriquece con cristales de strass, bordados, flores, hilos de oro o plata, etc., dejando así libertad a la creatividad de los modistas y los bailarines. Los hay de todo tipo, de todas las longitudes, colores, a veces incluso a cuadros, etc.

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